Aspiremos a percibir, lo más a menudo posible, profunda y empáticamente, la esencia espiritual última del ser amado

Casi todos los yoguis que se encuentran en este camino espiritual saben que es necesario hacer esfuerzos constantes para pasar lo más rápido posible más allá de las apariencias, más allá de las ilusiones. Cuando nos enamoramos y después empezamos a amar más y más intenso y profundamente no lo hacemos especialmente por los atributos superficiales del otro, sino especialmente por su esencia última espiritual que existe en su ser.

Algunos yoguis se dieron cuenta que en cada ser humano existe algo único, grandísimo y misterioso que nos atrae de un modo casi irresistible hacia él. Lo único, es El Espíritu Infinito Supremo (ATMAN), que anima aquél ser humano a través del alma que vive dentro de sí. El amor divino, el amor puro, incondicional, el amor sin límites, el amor total no es otra cosa que una búsqueda frenética e incesante del contacto y de la fusión inefable con esa esencia única, inmortal que es el Espíritu Supremo eterno (ATMAN).

El momento cuando nos enamoramos es un instante mágico, paradisíaco, maravilloso, divino en el cual vislumbramos, similar a un relámpago que a veces ni lo observamos, el Espíritu único, eterno y Supremo (ATMAN) del ser amado. Cuando evocamos el momento extraordinario y sublime en el cual nos hemos dado cuenta que el respectivo ser humano que empezamos amar no es a toda costa ni extraordinario, ni común, sino un ser único, descubrimos un instante inolvidable.

En este instante misterioso, abrumador e inefable descubrimos que el ser humano que hemos empezado a amar tiene una hermosura enigmática, una finura especial que supera de mucho todos sus atributos. En ese momento divino nuestra percepción común sobre esa persona y, en general, sobre la realidad, está completamente transformada. A partir de este momento empezamos a ver y a sentir al otro profunda y mágicamente por los ojos enigmáticos de la energía del amor.

La transformación de nuestra visión se extiende inmediatamente sobre la toda realidad y, a la vez, transforma radicalmente la visión sobre nuestro propio ser. Estos procesos enigmáticos de resonancia oculta constituyen lo que llamamos a menudo la magia embriagante del amor. Si al estado de amor que aparece entonces, sumamos también la transfiguración, lo que resulta de esta manera es un proceso grandioso, sublime, paradisíaco que nos exalta, nos entusiasma, nos extasía y nos hace dilatarnos, de un modo eufórico, del finito al infinito. Por eso los sabios han definido el amor del mismo modo, una dilatación eufórica del finito al infinito. Esta percepción totalmente extraordinaria que permite que aparezca en nosotros una gran alegría y felicidad tiene como base la abertura del corazón, el despertar del centro de fuerza ANAHATA CHAKRA, que nos ayuda ver en corto tiempo, a través de la transfiguración, no solo los rasgos de la personalidad del ser amado, sino lo que es cósmico, grandioso en él. De esta manera descubrimos al mismo tiempo, en su universo interior, la luz enigmática y misteriosa del alma. Pero, para que en nuestro ser aparezcan estos estados, debemos tener la abertura necesaria, sensibilidad y pureza. Por eso se dice que la hermosura reside en los ojos del mirador, con la condición que el mirador esté preparado a descubrir lo que existe en el universo del ser amado. Gracias a esta visión transformada, sublime y pura, nosotros vemos con facilidad más allá de las apariencias de todos los aspectos, y obtenemos así la revelación del carácter divino y único del ser amado, aunque sea por solo una fracción de segundos.

Al entender e intuir todos estos aspectos, podemos darnos cuenta la grandiosa importancia que tiene el momento del comienzo en cada relación de amor verdadero. Por eso, es muy importante que, cada vez que nos encontramos con el ser amado para hacer el amor con transfiguración y continencia, tengamos que evocar intensa y profundamente el momento mágico, único del comienzo de nuestra relación. Esto nos va a permitir volver siempre, una y otra vez a este momento divino, mágico e inolvidable.

Para poder seguir viendo, casi siempre, esta esencia divina única espiritual que existe en el ser amado, es necesario que contemplemos de una manera profunda y transfiguradora La Verdad profunda y fascinante de su ser, con la misma percepción proveniente del alma que se manifestó en el momento del comienzo. Esto es especialmente válido incluso para los que, por su superficialidad, dejaron que desaparezca esta percepción inicial, bajo la presión de algunas influencias inferiores que surgieron sin darse cuenta en la vida de la pareja. Sólo actuando de esta manera seremos capaces de percibir una y otra vez, continuamente, al ser que amamos, como un alma de luz que es infinito, espléndido y divino en su esencia.

Gracias a este proceso misterioso de la transfiguración seremos capaces de percibir siempre al ser amado como amor encarnado en el caso de un hombre, un arquetipo masculino, VIRA o en el caso de una mujer un arquetipo femenino, SHAKTI. Transfigurándolo siempre descubriremos al ser amado convertido en un estado de felicidad infinita que se desborda ininterrumpidamente tanto internamente como externamente. El ser humano que sabe de la existencia de la transfiguración y no la usa seguidamente en su relación amorosa, muestra así la prueba de una inmensa tontería. Al mismo tiempo debemos acordarnos que saber y no poner en práctica es la suprema cobardía.

Muchos seres humanos, por la haraganería y el egoísmo o por complacerse vergonzosamente en un estado tibio, olvidan a menudo transfigurar después que la relación ha empezado. Estos errores afectan, tanto a ellos mismos como a las personas que pretenden amar. La falta de la transfiguración en una relación de amor hace que, por más que pase el tiempo, uno de los dos amantes o aun los dos se olviden contemplarse mutuamente de una manera transfiguradora. En una relación de amor, aunque el otro nos contemple o no de una manera transfiguradora, nosotros nunca debemos olvidar de contemplarlo así, por esta perspectiva del momento mágico del comienzo.

A menudo, en una relación de pareja, muchos seres humanos renuncian transfigurar por someterse a las costumbres de la vida diaria y a las tendencias nocivas y ociosas que ponen posesión sobre ellos de una manera infiel. Hablando analógicamente en términos del «álgebra» de la necesidad, reemplazamos el X del carácter misterioso, único y divino de nuestras percepciones con el ABC de las emociones y de las exigencias de la vida cotidiana.

Sin embargo, existe una modalidad que nos permite recordar. Esto implica evocar siempre el momento del comienzo y tener incesantemente una actitud profundamente transfiguradora al ser que amamos. En el mismo tiempo, suplementariamente, debemos abrir cada vez más nuestro corazón, aspirar frenéticamente amar más y más. De esta manera, el amor que va a ser atraído en nuestro universo interior hará todo el resto faltante.

Para convencernos del valor de este consejo debemos ponerlo en práctica. Por eso, en esta situación también, un gramo de práctica vale más que toneladas de teoría. Si actuamos casi siempre así, constataremos que los cientos de problemas desagradables de nuestra vida diaria van a desaparecer como si fuese un milagro.

Al transformar nuestro punto de vista a través de la mejora de nuestra visión sobre la realidad, volveremos a mirar de nuevo con los ojos del alma al ser amado, percibiéndolo a menudo como una criatura maravillosa y pura en la cual se encuentra lo Divino. Recordad que la transfiguración es de un gigantesco beneficio para lograr casi siempre esta visión.

Si tendremos casi siempre esta visión profundamente transfiguradora y mágica, descubriremos en un corto tiempo después, que entre nosotros y el ser amado no existirá más ninguna diferencia. Todas las diferencias se van a disolver gradualmente, en la misma unicidad. En el mismo tiempo, esta visión transfiguradora determinará que despierte, tanto en nosotros, como en el ser amado, el estado androginal glorioso. Gracias a esta visión transfiguradora nos encontraríamos a menudo, frente a un espejo divino que está iluminado por nuestra propia alma.

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